En los contextos de comunicación multilingüe, la figura del intérprete simultáneo suele entenderse como un puente técnico entre dos lenguas. Sin embargo, su rol excede con creces la mera transferencia de significados: su presencia corporal introduce una dimensión relacional que transforma activamente la interacción.
A diferencia del traductor de textos escritos, que normalmente opera lejos de la actividad sobre la cual traduce (ya sea geográfica o temporalmente), el intérprete está físicamente presente en la escena comunicativa. Como bien señalan las académicas Gertrudis Payàs y Carmen Gloria Garbarini, “el intérprete impacta en las situaciones en las que opera por su corporeidad, a diferencia del mediador escrito, que es invisible. Se trata entonces de controlar no solo los sentidos que produce, sino sus conductas y en definitiva sus movimientos”.
Payàs y Garbarini se refieren aquí a un contexto muy específico: el de los intérpretes indígenas y españoles durante el período colonial en la historia de Chile. Estos intérpretes operaban en un momento particularmente complejo, marcado por las tensas relaciones ibero-mapuches en la Araucanía. No obstante, muchos de los desafíos que enfrentaban resultan sorprendentemente actuales, especialmente para quienes hoy se desempeñan en contextos de guerra, catástrofes o atención comunitaria, aunque también reflejan dinámicas presentes en espacios más cotidianos como conferencias o reuniones de directorio.
Innegablemente, aunque los intérpretes aspiran a la neutralidad y a la fidelidad en la transmisión del sentido entre idiomas, su mera presencia en la interacción los convierte en partícipes involuntarios de ella.
Quizás la relevancia del intérprete no radica únicamente en su utilidad técnica, sino también en su valor simbólico. Esto se hace especialmente evidente en aquellas situaciones —aparentemente paradójicas— en que se solicita su presencia incluso cuando las partes podrían comunicarse directamente. Payàs y Garbarini se refieren de manera particularmente elocuente a estos casos:
«(…) el hecho de que aparezca el intérprete cuando ya no es necesario indica que las partes han descubierto ventajas que no tenía el hecho de hablar sin mediador, y que sabiendo aprovecharlas, pueden contrarrestas las innegables desventajas. Se ha aprendido una economía de la mediación: el intérprete puede irritar el conflicto, pero tiende más a servir de amortiguador de tensiones (por la tendencia a bajar el diapasón del conflicto, o por el efecto de duda que introduce su mera presencia respecto de las intenciones de las partes), puede servir de figura de contención, impedir que se llegue a las manos; siempre es un testigo que puede dar fe de hechos o intenciones. Su intervención hablada marca un ritmo de negociación más lento, introduce pausas, hace que cada frase sea oída dos veces, da a las partes la posibilidad de retraerse de lo dicho o de corregirse porque se ofrece como responsable de un malentendido, se presta a servir de chivo expiatorio en caso de fracaso de la comunicación, protege la soberanía lingüística de las partes y su mera presencia significa una cierta irreductibilidad de las posiciones.”
En definitiva, la experiencia histórica nos recuerda que la interpretación es mucho más que el acto de trasladar mensajes de un idioma a otro. Se trata de una práctica profundamente anclada en la interacción humana, donde el intérprete cumple una función que trasciende lo lingüístico: sostener, mediar y dar forma a la posibilidad misma de entendimiento. En ese sentido, su presencia encarna algo que ninguna máquina puede reemplazar por completo: la figura de un tercero que no solo traduce palabras, sino que también da fe de un encuentro, recordando que, aunque separados por el idioma, los interlocutores comparten un mismo propósito: comprenderse.






